Capítulo 4 · Del Sol al cielo, a 100–300 km de altura
La aurora
Un viento del Sol
Imagina que estás en el Sol y notas un viento que nunca se detiene. Es el viento solar, una corriente tenue de partículas con carga, sobre todo protones y electrones. Suele fluir a unos 400 km/s y en las corrientes rápidas llega a 800 km/s. El Sol está a 150 millones de kilómetros. Ejemplo resuelto: 150.000.000 dividido entre 400 son 375.000 segundos, algo más de 4 días, y un viento rápido de 800 km/s llega en unos 2 días. Las grandes erupciones del Sol, llamadas eyecciones de masa coronal, pueden llegar hasta nosotros en uno a tres días. En la imagen las partículas brotan hacia fuera en chorros finos.
Un escudo con dos puertas
La Tierra es un imán, y su campo magnético forma una burbuja llamada magnetosfera. Desvía la mayor parte del viento solar alrededor del planeta, como una roca en un arroyo. Pero las líneas del campo entran en la Tierra cerca de los dos polos magnéticos, y algunas partículas se deslizan por ellas. Aterrizan en un anillo alrededor de cada polo, el óvalo auroral. Cuanto más empuja el viento solar, más se ensancha el óvalo. Los científicos lo miden con el índice Kp, de 0 a 9. Como regla aproximada, el borde del óvalo se desplaza de dos a tres grados de latitud hacia el ecuador por cada paso de Kp. Desliza el Kp en el laboratorio.
Colores del aire
Las partículas chocan con los átomos de la atmósfera a alturas de unos 100 a 300 kilómetros y les dan energía, que los átomos liberan como luz. El oxígeno da verde, con una longitud de onda de 557,7 nanómetros, normalmente a 100 a 150 km, y rojo por encima de unos 200 km. El resplandor rojo tarda unos dos minutos en emitirse, así que solo aparece donde el aire es tan fino que los átomos rara vez chocan antes. El nitrógeno da azul y violeta, sobre todo en el borde inferior. El mismo proceso ilumina un letrero de neón. La aurora es, pues, un brillo del propio aire, y si se puede oír es algo que se debate, porque algunos observadores cuentan que perciben chasquidos débiles.
La tormenta de 1859
El 1 de septiembre de 1859 el astrónomo inglés Richard Carrington vio un destello brillante en el Sol. Unas 17 horas después, el 2 de septiembre, la mayor tormenta geomagnética de la historia registrada llegó a la Tierra. Se informó de auroras hasta tan al sur como el Caribe, y las líneas de telégrafo fallaron en Europa y Norteamérica, con informes de chispas y descargas a los operadores. Una tormenta parecida hoy podría dañar satélites y redes eléctricas, y por eso la NOAA y otras agencias vigilan el Sol sin descanso. En marzo de 1989 una tormenta menor dejó sin electricidad a Quebec unas 9 horas.
Mayo de 2024
El 10 y el 11 de mayo de 2024 una tormenta extrema, clasificada G5 por la NOAA, fue la más fuerte en más de veinte años. El Kp llegó al máximo de la escala, 9. La gente vio auroras rojas y rosas en lugares donde casi nunca se ven, como el sur de Europa, Florida, México y, en el hemisferio sur, Australia y Nueva Zelanda. Las cámaras de los teléfonos captaron colores que el ojo solo vio débilmente, porque la cámara reúne luz durante varios segundos. La tormenta solo fue peligrosa para la tecnología. En tierra, una aurora es inofensiva para las personas.
Luz en otros mundos
La Tierra no es el único planeta con aurora. Júpiter tiene la más intensa, alimentada por su campo magnético tan fuerte, su rotación rápida y el gas volcánico que arroja su luna Ío. El telescopio Hubble fotografía sus anillos luminosos en luz ultravioleta. Saturno también las tiene, y Urano y Neptuno igual. Marte tiene una aurora más débil y desigual porque carece de un campo magnético global. Para ver la nuestra, aléjate de las luces de la ciudad, mira hacia el polo y consulta el pronóstico del servicio meteorológico de tu país o de la NOAA; luego espera, porque el espectáculo puede cambiar en minutos.
En cifras
- ≈ 400 km/s
- velocidad típica del viento solar
- 557,7 nm
- longitud de onda de la luz verde del oxígeno
- 1859
- el año de la tormenta Carrington